En diciembre de 1889, mientras medio mundo preparaba mesas, chimeneas y villancicos, una mujer cruzaba el océano sola. Se llamaba Nellie Bly. Tenía 25 años, una voluntad incendiaria y una única maleta de mano. Su misión era tan improbable como hermosa: dar la vuelta al mundo más rápido que el personaje de Julio Verne. No para presumir, sino para demostrar que una mujer podía hacerlo… sin permiso, sin escoltas, sin miedo a existir en grande.
Había salido un mes antes de Nueva York, entre murmullos incrédulos y apuestas en su contra. Viajó en barcos, trenes, burros y todo lo que la suerte le puso enfrente. No tenía tiempo para descansar, ni para enfermarse, ni para dudar. El mundo era enorme, y ella iba tan deprisa como el latido de su propia convicción.
Y llegó diciembre. Llegó el frío. Llegó la Navidad. Mientras otros encendían luces, Nellie navegaba por el Pacífico en un barco que se mecía como si quisiera tragarse al tiempo mismo. No había hogar, ni familia, ni mesa de nochebuena. Solo marineros que improvisaron una pequeña celebración con lo que tenían: unas cintas, un par de canciones, un gesto amable para aquella joven periodista que nadie imaginaba capaz de llegar tan lejos.
En su diario escribió sobre la nostalgia, el cansancio, el vértigo del viaje y ese extraño equilibrio entre la soledad y la libertad. Le quedaba un océano entero por cruzar. Pero siguió. Siempre siguió.
Semanas después, ya en enero, Nellie regresó a Estados Unidos y encontró algo que jamás había esperado: multitudes recibiéndola como a una heroína, flores, aplausos, carteles. Había completado la vuelta al mundo en 72 días, rompiendo todos los límites imaginados para una mujer de su época. Lo que comenzó como un reto terminó siendo un símbolo.
Ahí está el mensaje profundo de su historia: que los límites que otros te ponen no significan nada si tú decides avanzar; que la valentía no es ausencia de miedo, sino caminar con él; que incluso en las noches frías, lejos de casa, puedes sostener tu sueño como quien sostiene una pequeña llama, confiando en que llegará el día de volver; y que, a veces, lo que haces para demostrarte algo a ti misma acaba iluminando a otros que ni siquiera conoces.
La Navidad de Nellie Bly no tuvo chimenea ni regalos. Pero tuvo algo más grande: tuvo sentido. Porque incluso perdida en un océano inmenso, estaba encontrando el camino hacia la mujer que quería ser. Y ese, al fin y al cabo, es el viaje más importante.