Dicen que los tiempos pasados fueron mejores, pero si alguien le pregunta a Corina si volvería atrás, todavía tarda en responder. No porque su pasado fuera oscuro, sino porque fue un terreno difícil donde tuvo que aprender demasiado pronto a sobrevivir sin ayuda.
Ella no se llama Corina. No quiere revelar su identidad. Lo que sí quiere es que su historia se entienda como lo que es: la historia real de una mujer común, de esas que podrían vivir en el piso de al lado, en la calle de enfrente o en cualquier familia que conoce de primera mano lo que cuesta salir adelante.
Nació en un entorno humilde, en una familia donde nadie había estudiado. El objetivo siempre fue trabajar, llegar a fin de mes, sostener el día a día. En su casa, soñar era un lujo. Aun así, ella decidió romper esa lógica.
Fue la primera en entrar a una universidad. La primera en intentarlo. La primera en imaginar un futuro diferente.
Eligió el periodismo, una decisión incomprendida por los suyos. No era la carrera “correcta”, ni la más respetada, ni la que garantizaba estabilidad. Aun así, siguió adelante porque era lo que quería. Y esa fue la primera gran demostración de que la voluntad puede abrir caminos.
Su infancia fue dura. No había muchos recursos ni excesos de tranquilidad. Pero nunca se colocó el papel de víctima. Aprendió a adaptarse, a avanzar sin excusas.
Empezó desde cero, como tantas personas que no tienen atajos. Trabajó, se equivocó, se levantó. No alcanzó el sueño que imaginó de niña, pero consiguió algo que para muchos es aún más difícil: estabilidad. Aprendió a aceptar que no se puede tener todo, que renunciar no siempre es perder y que la fuerza aparece cuando no queda más remedio.
Hoy tiene treinta años. Tiene un hogar. Tiene una vida organizada. Tiene una relación sana que no se parece en nada a los amores que duelen. Y tiene algo más valioso todavía: perspectiva. Mira atrás sin rencor, entendiendo que lo que vivió la convirtió en la mujer que es ahora.
La historia de Corina no es extraordinaria. Es justamente lo contrario: podría ser la historia de cualquier mujer, cualquier vecino, cualquier familia que conoce la escasez, la pérdida y la necesidad de levantarse a pesar de todo.
Y por eso importa. Porque demuestra que no hace falta un nombre conocido para tener una historia que valga la pena contar.
A veces, lo extraordinario está en lo que consigue la gente que nadie vio llegar.