4 de diciembre. Madrid está fría y anochece muy pronto. Javier trabaja repartiendo comida en bicicleta eléctrica por Getafe y Leganés. Lleva varias capas de ropa, pero aun así pasa frío. Es lo que hay cuando trabajas en la calle.

Hace unas semanas le robaron la bicicleta delante de él. No pudo hacer nada. Desde entonces trabaja con más cuidado y reconoce que la inseguridad ha aumentado en algunas zonas. Dice que hay más robos, más tensión y que, cuando trabaja de noche, a veces siente respeto e incluso algo de miedo. Aun así, sigue. Tiene que seguir.

En un turno normal puede subir tres, cuatro o seis pisos sin ascensor para entregar un pedido. Hay quien le abre la puerta sin mirarle. Otros directamente no dicen “gracias”. Y más de una vez le han cerrado la puerta en la cara sin esperar a que él termine de hablar.

No es un trabajo cómodo. Tampoco fácil. Pero mientras busca algo de lo suyo, esto es lo único que le permite ingresar dinero rápido. Las facturas no pueden esperar y él tampoco. Javier pedalea porque no tiene alternativa. Porque necesita llegar a final de mes. Porque aunque nadie vea lo que hay detrás de cada pedido, es su forma de mantenerse a flote. Y en días como este, en pleno invierno, eso ya es bastante.

Lo que Javier vive cada noche lo viven miles de repartidores y personas que trabajan de cara al público. Pasan frío, miedo, cansancio, retrasos del GPS, esperas interminables en portales, escaleras sin ascensor y clientes que no siempre respetan.
La mayoría no sabe lo que hay detrás de cada pedido entregado: esfuerzo, prisa y la necesidad de llegar a fin de mes.

A veces un “gracias” no cambia el mundo, pero sí cambia un turno. Y eso es algo que solemos olvidar.