Hay una verdad que duele reconocer, una que llevamos tatuada desde la infancia: la creencia de que, si nos sacrificamos lo suficiente, si aguantamos y resistimos, al final llegará nuestro premio. A esa dulce y terrible trampa la psicología le dio un nombre: el complejo de Cenicienta.

Este complejo fue estudiado para comprender por qué tantas mujeres temen la independencia y esperan ser rescatadas, a menudo, por sus parejas. Desde pequeñas aprendimos a convivir con la renuncia como si fuera una virtud. Nos enseñaron que el sacrificio en el amor, en la familia o en el trabajo era el precio justo para alcanzar la felicidad soñada.

Pero, ¿qué ocurre cuando descubrimos que esa promesa nunca llega, que el carruaje se convierte en calabaza y no hay final feliz esperándonos? Aparece el miedo. Nos atrapa en relaciones infelices, nos ancla a la inseguridad y nos obliga a seguir sacrificándonos por una idea que ya no existe. Y entonces, la pregunta que todas hemos evitado resuena con fuerza. ¿Y sabéis qué? No hay premio. No lo hay.

Porque la realidad es que el mundo no le debe nada a nadie por haber aguantado tanto. Es duro aceptarlo, pero necesario. Si todo ha acabado, si la historia que conocíamos se rompió, no nos queda otra opción que volver a empezar. El verdadero camino, el que nos saca de este complejo, es honrar la dignidad y la fuerza que requiere levantarse, incluso entre las cenizas.

Puede que ahora todo parezca oscuro, que el camino esté roto y el futuro sea una niebla. Pero la esperanza de ser felices no es algo que se pierda: es algo que se reconstruye. Y el sol, tarde o temprano, siempre vuelve a brillar. El verdadero renacer está en el valor de empezar, por fin, a vivir sin esperar que nadie venga a salvar.